Temps  un dia 5 hores 15 minuts

Coordenades 7737

Data de pujada 22 / de desembre / 2017

Data de realització de desembre 2017

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a prop de Indumil, Boyacá (Republic of Colombia)

Recuperada mi bicicleta, la Libélula, recuperado yo, de horribles pesadillas pasadas, llegamos a Boyacá, con mi gran amigo Amets del País Vasco, quien desde Europa, anhelaba conocer las tierras de América del Sur y he tenido la fortuna de compartir con él, las páginas de un corto capítulo del libro de sus aventuras desde Venezuela, hasta Perú, pasando por la Colombia montañosa y qué mejor para la época, antes que sus ruedas sigan girando al sur, que desviar un poco el camino al este y visitar los alumbrados navideños de Boyacá.

De Villa de Leyva, él ascendía a Tunja y desde allí partimos a Sogamoso, la ciudad del sol, a la que llegamos entre un abrazo de mi hermosa sobrinita Alisson y una sonrisa de mi hermana. Descansamos y al otro día cuando la tarde apenas comenzaba, partíamos con la esperanza de atracar en varios puertos y tener algo más que pintar en la memoria.

Poco después de arrancar, Nobsa nos acoge con el sol a pleno furor, aunque siete kilómetros y casi una hora después, de haberle dejado, debo regresar a este pueblo de las capas de lana que llamaron la atención de mi amigo vasco, llamadas ruanas, por culpa del pinchazo de mi rueda trasera, que no se ha podido reparar en pleno camino. Llegando a Nobsa en la bicicleta de mi amigo, he besado el polvoriento suelo asfaltado de un sólo golpe, porque el neumático que colgaba de mi cuello, se enreda torpemente con mi rodilla y me hace caer con violencia, luego la llovizna, luego la caída de una alforja, luego el hambre por no haber almorzado, luego no encontrar taller abierto para que alguien reparase el pinchazo y me venda un repuesto nuevo (...) en fin, las señales que te llevan a un “renunciar” porque definitivamente nada sale bien o “seguir en noble empeño”, tal vez por que tras todo aquel anaquel de sombras, se esconda fuerte la luz.

Por el momento, paso a paso y poco a poco, don Lucho, un veterano de la bicicleta de Nobsa que reabrió su modesto taller, después de mis ruegos, repara casi todo, exceptuando la llovizna y la falta de comida, pero gracias a él, puedo regresar con Amets, con una sonrisa, la vergüenza de haber maldecido tanto, una llanta nueva y un confiable repuesto. Él me esperaba con la mejor actitud y un chocolate que inyectaba optimismo.

La consigna era insistir, pues creo que casi siempre es la mejor decisión, aunque solo el tiempo lo diría y ya no quedaba mucho, por aquel percance iniciado por un viejo y oxidado clavo. La suerte nos hizo cambiar la ruta próxima y la villa de Tibasosa se omitía para llegar pronto a Duitama y ponerle fin al hambre que es peor que un pinchazo o una caída. El tiempo en Duitama se pasa muy rápido y la tarde agoniza mientras devorábamos el pollo que desapareció en segundos.

La llovizna crecía con inexorabilidad y la luz del día se alejaba con timidez aunque con constancia, dando paso de nuevo a las sombras, aquellas que se ponían en frente cuando se ha estropeado la llanta, con mi caída o el desespero de no encontrar quien nos salve el viaje con una vieja bomba de aire y un par de parches, hasta que don Lucho apareció y lo cambió todo. Hallamos la necesidad de apelar a aquel demonio llamado suerte, para que la decisión tomada por alguno entre la opción de regresar y hacer un camino corto o seguir por la ruta planeada a pesar del clima, la hora y las fallas mecánicas, no pesara y cayera en reproches.

Entonces Amets lanza ese Euro al aire y la suerte nos ordena seguir por la ruta planeada mientras pasábamos saliva y nos subíamos a las bicicletas. Lo he llevado erróneamente a ese pueblito boyacense “Disney” de lo cual me he arrepentido, ya con la noche desparramándose sobre nosotros, las pocas siluetas aun legibles, nos muestran el agradable ascenso entre pinos y pequeños arroyos y entonces él dice algo que rompe la oscuridad; “No sabía que esta parte de Colombia se pareciera tanto a mi tierra, Euskalerría” La fama del parentesco entre Boyacá y Europa no es desconocida.

La locura de subir una montaña a esas horas de la joven noche le parecía descabellada y me decía que no entendía por qué le llevaba por esos parajes si el paisaje es eclipsado por la total penumbra, que sí era mera terquedad, o una prueba de fe, qué a él le sobraba por no ser creyente, pero aun así, confiaba y sólo le importaba pedalear, mientras disfrutaba el camino, algo en común de los ciclistas viajeros, que no saben de estadística, metas o promedios. Justo en el momento de analizar dicha locura, nos sobrepasa un pelotón de 30 ciclo montañistas, que ascienden acompañados de vehículos que limpian de oscuridad el camino. Nos encontraríamos poco después en Santa Rosa de Viterbo, donde sus alumbrados le respondían la pregunta a Amets, del propósito de la ruta y le hacían entender que aquella locura era más usual de lo que pareciera, por encontrarnos a tantos hombres y mujeres en la misma empresa de ascender estos parajes.

Luego de las fotos y de un ascenso aún más fuerte, llegamos a la cima de la montaña del sector de Potrerillos, donde celebramos con Pepsi y alegría. No quedaba más que un eterno descenso al que un frío intenso y tráfico constante se nos unen para llegar a Tobasía, un pequeño poblado que hace sentir la navidad como nunca a Amets, quien así lo afirmaba. Aquí sí celebran navidad y se siente agradable, decía. Las luces hablan por sí mismas, su belleza y su brillo, hacen trizas la oscuridad, el frío y el tiempo, descendiendo entre casas con gente en pleno baile, neblina rastrera, rebaños de ovejas que atravesaban la carretera, árboles y billones de estrellas, que brillaban con más fuerza al apagar la iluminación de las bicicletas.

La escena navideña se repetía en los siguientes pueblos, Floresta y Busbanzá, el municipio más pequeño de Colombia, pero con un hermoso decorado y ambiente navideño, donde la gente saludaba y las canciones alegraban el corazón. En un momento, saliendo de este pueblo en miniatura, de nuevo habíamos encontrado a los ciclistas, a quienes me propuse sobrepasar a la mayor velocidad que podría, lo que hizo que se destrozara su pelotón y su conversación, todo para cazarme y dañar mi fuga. Era casi un insulto que un ciclista con alforjas y aros de 26, les sobrepasara y claro, la alegría de la fuga dura poco, me cazan y sería la última vez que los veríamos, aunque la sonrisa por ello fuera duradera.

Todo era música, color y fiesta, mientras llegábamos por fin a nuestro destino final, Corrales Boyacá, uno de los parajes más famosos por el alumbrado navideño en Colombia. Había tantas luces, como gente, lo que hizo un poco difícil e incómoda la entrada. Ya dentro del pueblo, resolvimos el primer dilema de aquel lugar, con un visto bueno para guardar las bicicletas gratuitamente en uno de los parqueaderos improvisados que se atiborraban de carros. La amabilidad de la gente con los ciclistas, era obvia, aunque no predecible para Amets, quien no pensaba que era posible el parqueo gratuito. Así pudimos ascender y entrar al cementerio, ver el poblado desde lo alto, entrar a la iglesia, atravesar el parque y cada destellante calle, hasta rematar la noche con uno de los tamales más ricos que haya probado en mi vida, mientras el amigo europeo se chupaba los dedos con la comida del lugar yo no podría dejar de agradecer en silencio, para mis adentros por este despertar, por este resurgir y revancha, nueva oportunidad para vivir, para volver a pedalear y olvidar el pasado que enloda, entristece y frena.

Regresábamos a Sogamoso, para llegar a media noche, discutiendo la hora de salida del día de mañana al Lago de Tota, algo que nunca se dio por el cansancio que dejaba esta ruta, no sintiéndolo hasta la siguiente mañana, el que me hizo olvidar parar la grabación del recorrido, haciendo que el tiempo sea de más de las casi doce horas pedaleadas; atravesando los parajes de las Industrias Militares y las cementeras que hostigaban nuestro respirar y abrían las puertas de esta ciudad, habíamos llegado, aunque faltaba lo mejor, pues a casi 2 kilómetros de la casa de mi hermana, cumpliendo casi los cien kilómetros, hechos prácticamente en una sola noche y en montaña, algo sin precedentes en mis historias de bicicleta, un pinchazo más me recordaba, cual broche de oro, que no todo es perfecto y que gracias al pinchazo inicial y a los problemas del comienzo, hemos podido disfrutar mejor de esta aventura y con la noche disfrutar de las buenas y las malas de este trasegar. Benditas sean las rutas con luces y sombras.
Una pinchada memorable
Pueblito boyacense
Floresta Boyacá
Floresta Boyacá
Municipio más pequeño de Colombia
Corrales Boyacá
Navidad en Boyacá

2 comentaris

  • Foto de Oscar Upegui

    Oscar Upegui 24/12/2017

    Que ruta tan espectacular compañero, aquí la pongo entre mis favoritas, para ver que día la pueda hacer, Felicitaciones por compartir este buen trazado acompañado de una muy buena Crónica y una muy bonitas fotos, todos esos percances hacen parte del paseo y de igual forma se disfruta el recorrido, una experiencia inolvidable.
    Saludos compañero y mire a ver si se anima a la travesia por los departamentos de Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindio y Valle del Cauca , la cual haré el próximo 14 de enero con un reducido grupo de amigos, 6 o 7 días de pedal, recorriendo de 20 a 40 Municipios y disfrutando de los mejores paisajes.

  • Foto de DXMARIUS

    DXMARIUS 25/12/2017

    Gracias Óscar por tomarse el tiempo de valorar lo poco que hago. Esta ruta es toda en pavimento y la hicimos en un 90% de noche. Es difícil acompañarlo porque no se sí me dan vacaciones para entonces. Es lo malo de no poder disponer del tiempo pero cuando las tenga de seguro dedicare mi tiempo a recorrer y sí es con amigos como usted, mucho mejor.

Si vols, pots o aquesta ruta.