Temps  4 hores 53 minuts

Coordenades 5801

Data de pujada 4 / de gener / 2018

Data de realització de desembre 2017

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71,32 km

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a prop de El Tesoro, Departamento de Cundinamarca (Republic of Colombia)

Un amigo ciclista que hoy ya no está en este mundo, me preguntaba sobre mi disgusto con las competencias. ¿Es por qué le ganan? Me decía y al negarle las razones más obvias y otras preguntas como esta, no me quedaba más remedio qué responderle con la verdad y no era otra que mi fascinación por ir lento y mirar hacia los lados, al detalle y a la letra menuda de cada rincón del camino, de cada paisaje, de cada pincelada en el cielo o cada costura o bordado en las montañas, dejando en el último lugar el afán por ir rápido, porque no se puede pretender hacer algo de rendimiento digno sí se disfruta el paisaje, sin concentración alguna, en la alta velocidad, la cual no me atrae en lo más mínimo. A quién quería demostrarle mis habilidades sobre la bicicleta, llegando a lugares que ni me imaginaría conocer, era simplemente a mí mismo.

Él me replica con un, “Se equivoca” porque usted puede disfrutar y competir al mismo tiempo, sólo es cuestión de costumbre y hallar el gusto a esa circunstancia. También me responde con algo en lo que tenía toda la razón y es el simple hecho de que yo no puedo negar el disfrute y lo positivo de algo que nunca he intentado y antes que repentinamente él se fuera de este mundo, justamente haciendo lo que le gustaba, me hizo aceptarle que algún día, yo participara en una competencia de ciclismo, o ciclomontañismo. También me aseguró que puedo seguir demostrándome, aquellas capacidades y muchas otras que atañen a la competencia, como la resistencia, la concentración y hasta la paz interior, cuando éstas resaltan sobre las de unos cuantos o mejor aún, sobre las de todos, cuando se reúne lo suficiente para subirse a lo alto de un podio; se siente mucha más satisfacción.

Pasando por los caminos de la enfermedad y la tristeza, viendo por la ventana de la rutina, por tener mi bicicleta, la libélula en el abandono total, me he puesto a soñar en alguna próxima aventura que me hiciese despojarme de todo este amargo estadio, del estar sonámbulo en el acto de la vida y allí en un viaje en bus a mí casa desde la capital, diviso a lo lejos la laguna de Fúquene, precedida de la vieja callejuela por donde el rugir del tren alguna vez mantuvo presencia altiva. Se podría intentar evocar aquellos viajes férreos por estas callejuelas ya sin carrilera, porque hasta la corrupción ha carcomido los corredores del tren en mi país.

Todo llega a su tiempo decía mi linda madre y cerrando los ojos para evocar una eventual travesía por la laguna que agonizaba por la casi siempre asquerosa obra del ser humano, me alejaba un poco de la modorra que se gesta por situaciones con tintes de frustración y quietud no voluntaria. Meses después, no quiero recordar cuantos, luego de que todo mejorara de manera exponencial, una querida amiga me comenta sobre una competencia llamada “Gran Fondo MTB Colombia, Mí Reto Personal” y mi sorpresa era que su trayecto coincidía con las callejuelas, antes vestidas de rieles del ferrocarril de la Laguna de Fúquene, además por tramos, era adyacente a los espejos de agua, a grandes ascensos en caminos de piedra y a largas rectas casi infinitas para dar tortura al cuerpo que bajo el sol se dora, disfrazándose de polvo y sudor.

No me podría negar a esta oportunidad, pero debía entrenar sobre todo la mente, para prepararme a cualquier vicisitud que me trajera esta jornada. Estaban aún latentes los recuerdos de aquellas pinchadas de la ruta de las luces en Boyacá, con mi amigo vasco Amets, por culpa de mis pobres cubiertas ya desgastadas, las mismas con las que recorrí 500 kilómetros en Santander y otros 300 en Boyacá y Cundinamarca y tal vez no estaba muy acostumbrado a que me sobrepasen sin que altere el ritmo y el desespero de no quedarse atrás, entonces debía educarme en esos dos menesteres para no sucumbir en una situación que me aleje del disfrute, porque sí yo no iba a disfrutar y a aprender, no iba mejor.

El profesor Darley, quien goza de las mieles de la experiencia y muchas veces de la victoria como ciclista, me llevaría a lo que era el punto de partida, en la estación de Policía de Fúquene en Cundinamarca, pues él también competía en su categoría en una ruta más corta pero igual de exigente y cuando llegamos, solo fue esperar aquel momento en el que se arranca, se comienza algo por primera vez sobre mi bicicleta, no es un viaje, no es un encuentro o la evocación de mis padres con un lugar, no es nada similar a lo que ya he vivido en mis dos humildes pero poderosas bicicletas; algo nunca antes hecho que al tener nuevos sabores al gusto de la experiencia ya lo reviste de bonitos tintes de emoción y ansiedad de la buena, de esa que viene en pequeños envases pero que erradica la sed de la monotonía.

El buen curso de las aguas de este día agradable e inusual, mejora cada vez más, cuando luego de una agradable y primera comida del día, vemos llegar a Karen, una mujer que hace añicos el entorno, pues toda mirada y atención se pierde en ella, haciendo ignorar lo demás, no sólo por su belleza destellante, que mezcla extremos de sensibilidad y tenacidad, sino por lo que ella es y lo que enseña, por la fuerza al competir, al vivir, como una carrera en la que con la bicicleta y sin ella, se sufre y se disfruta, todo a la vez, todo para aprender; ella quien difunde el amor por este y otros deportes, a los niños de su región y quien concientiza cuando la injusticia aparece y nos roba la vida por culpa de personas que vilmente ignoran al ciclista y le apagan su existencia, ella quien despierta admiración y hasta graciosas o patéticas envidias e incomprensiones de mentes cerradas y tristemente limitadas que desafortunadamente no faltan, pero afianzan a personas como ella en el éxito de lo agradablemente inusual y la admiración. A ella la he visto en ruta, en MTB, pista, Crossfit y hasta en cicloturismo en el programa de televisión “Una Historia en Bicicleta al Límite”, atravesando Colombia de una manera épica.

Me sentía extraño entre todo este mundo élite del MTB, pues al verla llegar a ella, ya esto tomaba un rumbo más serio, más profesional y presagiaba un día inolvidable en esta ruta. Sólo me restaba pedirle la foto y tener la seguridad, antes de la salida de meta, que ella, ese día, iba a ser como siempre, una genial y franca protagonista. Se llega la hora de salida y 40 ciclistas más de mí categoría, qué querrán besar el podio, me rodean; ya en mi caso, al menos terminar y disfrutar, era la consigna. Todas, absolutamente todas las bicicletas de rin 29, parecían intimidantes y enormes junto a la modestia de mi libélula que luce unos aros nuevos de 26 pulgadas. Eso me hizo recordar que había que apelar al disfrute y la paciencia y evitar acelerar, pues ya era suficiente estar allí y poder simplemente cumplir el reto personal. Se inicia todo y pocos metros adelante me hallo solo por haber sido sobrepasado, por una veintena de corredores.

Era inevitable no sufrir con el polvo que no deja respirar y que quienes sobrepasaban me dejaban de recuerdo, pero alguien se acerca y acomodándose en mi rueda trasera, me deja escuchar un, “qué bonita laguna compañero” y no me lo creía cuando en sus parlantes de música, las notas de November Rain, traían calma y garantizaban que la alegría de pedalear bajo estas inusuales circunstancias, volviera. Poco después, mi amigo fue quedándose mientras yo atravesaba caminos, mil intersecciones, potreros y hasta puentes de palo que hacían sufrir a más de uno. No pasó mucho tiempo cuando la laguna se pierde en el paisaje y todo era un inmenso campo plano, que se hace trizas con los primeros ascensos, en donde gente se sentaba en el camino, para recuperar fuerzas, o simplemente caminaban llevando con resignación su bicicleta. He recogido la botella de agua que salta de alguien distante muy adelante, quien me esperaría agradecido en la primera zona de avituallamiento. Sí uno no ayuda, entonces ¿Para qué está uno aquí?

Seguido a esto, lo inolvidable del día, ya entrada la mañana con un sol inclemente, un saludo desde atrás, de la bella voz de Karen, quien saliendo 20 minutos después de mí categoría, más o menos al kilómetro 30 me alcanza predeciblemente, pero atiza mí buen ánimo, con un “Hola Querido, vamos para arriba” ya sabía que era la última vez que la vería en carrera y sólo quedaba esperar que le fuese bien. Fue la segunda mujer que me sobrepasa, con una velocidad inverosímil y una fuerza envidiable. Pasado el duro primer ascenso, la recompensa esperaba en lo alto, con una gala de la laguna desde lo lejos y con un perfil que nunca había visto, reflejando coquetamente aquel sol que no daba un ápice de tregua, como un paisaje escandinavo o centro asiático, tal cual lo describieran en sus crónicas y libros, aquellos grandes amigos que dan la vuelta al mundo pedaleando. Allí se veían los primeros renunciantes a este reto o las primeras víctimas de los pinchazos, mientras yo trataba de divisar el horizonte buscando besar a la fortuna en la boca y poder terminar la travesía, con esta misma cadencia que no me abandonaría hasta el final. Comencé a sobrepasar ciclistas y a no serlo, lo que era extrañamente satisfactorio para mí; los pinos, las pocas nubes y el verdor infinito pintaban esta escena placentera de un día en el que decidí ponerme a prueba y cuando el cansancio entra en actuación, para estar ya a punto de bajarme de la bicicleta y detenerme, unas adorables niñas luego de una eterna planicie por la cara oriental de la laguna, carente de sombras y con un polvo omnipresente, aparecen con un canto de ánimo que mitiga toda duda de no haberme equivocado en esta elección. “Con A de alegría, con B de bicicleta, con E de entusiasmo, con O de optimismo, vamos a pedalear, serás el ganador” y mientras esta alegría se graba en el corazón, las sombras de los árboles que hacen calle de honor a un agradable ascenso antes de San Miguel de Sema, hacen desaparecer todo intento de detener la marcha. Para mí fue lo mejor, sentir su ánimo y su apoyo y no sería la última vez que vería sus sonrisas y caritas, o que escuchara ese cántico de ánimo, aunque eso ya es otra historia no muy lejana en el futuro.

Sólo restaba San Miguel de Sema, una bella villa adornada con dos parques y una linda iglesia, la admiración de la gente y nuestra penúltima zona de hidratación, en donde me entero, gracias a un hijo de la querida amiga que me invitó, que el Profesor Darley, quien amablemente me había traído hasta aquí, sufrió un accidente poco antes de la llegada a meta por falla en el freno de disco trasero, perdiendo el primer lugar y cayendo al cuarto puesto. Hablando de caídas, alguien me sobrepasa a toda marcha en un terrible descenso con piedras sueltas y angosto camino, cayendo terriblemente de costado pocos metros adelante. Veo que inmediatamente le atiende la logística, que por arte de magia aparecía cuando una situación de esta o un impase con cualquiera de los competidores, se hacía realidad.

Poco después de la entrada a la última recta por aquella línea férrea con la que soñaba pedalear meses antes, aquel amigo me alcanza y respirando con dificultad, desea terminar la carrera. Algo que me impresiona mucho y me da una lección de esfuerzo y lucha, ya que él es de una categoría mayor y aunque estaba agotado, herido y sucio, nunca se sintió derrotado y con él, por fin, luego de casi cinco horas de travesía, llegamos a la meta, donde una linda dama nos recibe, nos entrega una medalla y un regalo que irónicamente hubiese servido bastante para el polvo de toda la ruta. No podía pensar en otra cosa que en la suerte del Profesor Darley y con una mezcla de satisfacción y aquella sensación de un pudo ser mejor, me confiesa que después de reponerse estoicamente de su caída, recupera dos de los tres puestos perdidos, llegando al final en un increíble segundo lugar. Karen, se gana la medalla de oro y asciende a lo más alto del podio, yo llegaría en la vigésimo cuarta posición, entre cuarenta y un competidores, aunque aquellos números no me importasen en lo más mínimo, pero me confirmaban que no estaba tan mal al fin y al cabo, pues ya estaba preparando las bromas, para saber qué decir al llegar en último lugar. Mi eterno rasgo de creer poco en mí, pero que desaparecía con el buen resultado.

Todo se consuma en una gran carrera, una conjunción de grandiosos paisajes, gente hermosa y amable, deportistas muy profesionales y una logística impecable, siempre presente para apoyar cualquier problema. Me iría de allí con la promesa de volver a estos escenarios de la naturaleza, mitigados por el hombre y con la satisfacción de junto a grandes personas, haber cumplido con este gran reto personal, de una manera placentera y satisfactoria. Seguramente es la primera vez, pero nunca la última.
tercer punto de hidratación y avituallamiento

2 comentaris

  • Foto de Oscar Upegui

    Oscar Upegui 09/01/2018

    Fantástica ruta por esta bonita laguna, acompañada de una muy buena crónica y unas muy buenas fotos, la cual merece la mejor valoración posible.

  • Foto de DXMARIUS

    DXMARIUS 09/01/2018

    Muchas gracias su merced, qué bueno que le gusten las crónicas, pues es lo qué más me gusta hacer, después de pedalear.

Si vols, pots o aquesta ruta.